UPyD
presentó una enmienda a la Ley Wert en virtud de la cuál la nueva
ley educativa debía garantizar el derecho de los alumnos a recibir
clase en castellano, la lengua oficial en toda España.
Afortunadamente, esta enmienda se ha tenido en cuenta. La reacción
del nacionalismo no se ha hecho esperar: para Francisco Homs,
portavoz de la Generalitat de Cataluña, se trata de una ley
escandalosa por atentar contra la mayoría del pueblo catalán,
además de predemocrática; Duran i Lleida, en un tono más
trascendental, sostiene que la “voluntad de ser” de un pueblo se
expresa a través de su lengua; por su parte, para el PNV la
aceptación de tal enmienda no es más que una decisión ideológica.
Como bien
puede observarse, ninguna de las protestas se ampara en argumento
racional alguno; bastaría con preguntarle a Duran qué quiere decir
exactamente con eso de “voluntad de ser”, ¿acaso el pueblo
catalán “no es” en la actualidad?, ¿qué significa “ser”
para Duran?; por su parte, Francisco Homs emplea el sujeto colectivo
–tan propio del nacionalismo- al asegurar que se atenta contra el
pueblo catalán, como si su voz fuera la de todo el pueblo catalán.
Parecen puntos de vista del siglo XIX, cuando el valor del individuo
se diluía ante la grandeza de la nación y el estado; el sujeto
colectivo, se consideraba, era el motor de la historia en detrimento
del sujeto individual. Ya en el siglo XX encontramos ejemplos más
siniestros como el fascismo italiano, el nazismo alemán o el
comunismo estalinista; en todos estos regímenes el individuo no es
nada, mientras que el estado y la nación lo son todo. Cualquier
visión discordante con la postura oficial del estado era considerada
una traición. En una democracia, por el contrario, nadie está
obligado a pensar igual que sus gobernantes; y aquí, en este punto,
es donde más claramente puede apreciarse la mayor similitud del
nacionalismo con los regímenes totalitarios que con la democracia.
En consecuencia, que Homs tilde de predemocrática una ley que
garantiza la elección de lengua en la aulas resulta cuanto menos
chocante. Por lo demás, que el nacionalismo coincida con
planteamientos fascistas no lo convierte en una ideología fascista,
pero sí en una ideología equivocada.
Por otra
parte, los regímenes que anteponen el derecho colectivo sobre el
individual necesitan, en favor de su propia supervivencia como
régimen, alimentar el sentimiento de adhesión a la causa nacional.
Y para ello proponen objetivos de máximos (la independencia y la
inmersión lingüística , sobre todo), de tal manera que se acaba
instaurando una especie de “o estás con nosotros o estás contra
nosotros” en la opinión pública. Así las cosas, una postura
crítica con tal programa de máximos impuesto es interpretada
directamente como, por seguir con el ejemplo catalán,
catalanofobia. No reparan en que garantizar la enseñanza en
castellano no va en menoscabo de la del catalán. La educación ,
los medios de comunicación subvencionados por el gobierno
nacionalista y la tergiversación de la historia (cuando no
directamente la reinvención, tal y como hiciera Sabino Arana en el
caso del País Vasco) son fundamentales a la hora de fortalecer ese
sentimiento de adhesión a la causa nacional. En definitiva, el
nacionalismo se construye sobre sentimientos, no sobre razones.
Desde UPyD,
en definitiva, defendemos que los derechos los difrutan las personas,
no los territorios, y es a ellas a quienes hay que restituir la
libertad de escoger cualquiera de las dos lenguas oficiales como
vehicular en la enseñanza. Frente a ese sentimiento de pertenencia
tribal e irracional del que se alimenta el nacionalismo excluyente,
apostamos por un modelo de convivencia racional y sensato encaminado
a la defensa de los derechos y las libertades individuales.
Insistamos: una defensa del castellano no es, en ningún caso, un
ataque al catalán, al euskera, al gallego o al valenciano, por mucho
que los salvapatrias de turno quieran convencernos de lo contrario.
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