jueves, 24 de octubre de 2013

NACIONALISMO, EDUCACIÓN Y CARENCIA DE LIBERTADES



UPyD presentó una enmienda a la Ley Wert en virtud de la cuál la nueva ley educativa debía garantizar el derecho de los alumnos a recibir clase en castellano, la lengua oficial en toda España. Afortunadamente, esta enmienda se ha tenido en cuenta. La reacción del nacionalismo no se ha hecho esperar: para Francisco Homs, portavoz de la Generalitat de Cataluña, se trata de una ley escandalosa por atentar contra la mayoría del pueblo catalán, además de predemocrática; Duran i Lleida, en un tono más trascendental, sostiene que la “voluntad de ser” de un pueblo se expresa a través de su lengua; por su parte, para el PNV la aceptación de tal enmienda no es más que una decisión ideológica.
Como bien puede observarse, ninguna de las protestas se ampara en argumento racional alguno; bastaría con preguntarle a Duran qué quiere decir exactamente con eso de “voluntad de ser”, ¿acaso el pueblo catalán “no es” en la actualidad?, ¿qué significa “ser” para Duran?; por su parte, Francisco Homs emplea el sujeto colectivo –tan propio del nacionalismo- al asegurar que se atenta contra el pueblo catalán, como si su voz fuera la de todo el pueblo catalán. Parecen puntos de vista del siglo XIX, cuando el valor del individuo se diluía ante la grandeza de la nación y el estado; el sujeto colectivo, se consideraba, era el motor de la historia en detrimento del sujeto individual. Ya en el siglo XX encontramos ejemplos más siniestros como el fascismo italiano, el nazismo alemán o el comunismo estalinista; en todos estos regímenes el individuo no es nada, mientras que el estado y la nación lo son todo. Cualquier visión discordante con la postura oficial del estado era considerada una traición. En una democracia, por el contrario, nadie está obligado a pensar igual que sus gobernantes; y aquí, en este punto, es donde más claramente puede apreciarse la mayor similitud del nacionalismo con los regímenes totalitarios que con la democracia. En consecuencia, que Homs tilde de predemocrática una ley que garantiza la elección de lengua en la aulas resulta cuanto menos chocante. Por lo demás, que el nacionalismo coincida con planteamientos fascistas no lo convierte en una ideología fascista, pero sí en una ideología equivocada.
Por otra parte, los regímenes que anteponen el derecho colectivo sobre el individual necesitan, en favor de su propia supervivencia como régimen, alimentar el sentimiento de adhesión a la causa nacional. Y para ello proponen objetivos de máximos (la independencia y la inmersión lingüística , sobre todo), de tal manera que se acaba instaurando una especie de “o estás con nosotros o estás contra nosotros” en la opinión pública. Así las cosas, una postura crítica con tal programa de máximos impuesto es interpretada directamente como, por seguir con el ejemplo catalán, catalanofobia. No reparan en que garantizar la enseñanza en castellano no va en menoscabo de la del catalán. La educación , los medios de comunicación subvencionados por el gobierno nacionalista y la tergiversación de la historia (cuando no directamente la reinvención, tal y como hiciera Sabino Arana en el caso del País Vasco) son fundamentales a la hora de fortalecer ese sentimiento de adhesión a la causa nacional. En definitiva, el nacionalismo se construye sobre sentimientos, no sobre razones.
Desde UPyD, en definitiva, defendemos que los derechos los difrutan las personas, no los territorios, y es a ellas a quienes hay que restituir la libertad de escoger cualquiera de las dos lenguas oficiales como vehicular en la enseñanza. Frente a ese sentimiento de pertenencia tribal e irracional del que se alimenta el nacionalismo excluyente, apostamos por un modelo de convivencia racional y sensato encaminado a la defensa de los derechos y las libertades individuales. Insistamos: una defensa del castellano no es, en ningún caso, un ataque al catalán, al euskera, al gallego o al valenciano, por mucho que los salvapatrias de turno quieran convencernos de lo contrario.

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